¡UN REGALO LLAMADO AMOR SIN IGUAL!
Por el Rev. Jhony Montaño S.
¡El mensaje de Juan 3:16 es el corazón de la Semana Santa!
Hay regalos que simplemente no se olvidan. Recuerdo el día de mi ordenación al ministerio, el Rev. Boyce Wallace me obsequió algunos detalles que, a primera vista, podrían parecer sencillos y sin ninguna relevancia, los detalles fueron: una caja de pañitos clínex, una réplica de una cruz y una almohadilla. Pero cada uno de esos elementos cargaba un mensaje profundo para mí y la tarea del ministerio.
Los pañitos fueron para recordarme que en el ministerio habría lágrimas propias y ajenas que acompañar.
La cruz, para mantener siempre ante mis ojos el centro de nuestra fe.
La almohadilla, para no olvidar la disciplina de la oración de rodillas.
Tres objetos pequeños, un regalo enorme.
Todos hemos recibido regalos significativos a lo largo de la vida: útiles, costosos, simbólicos, sentimentales. Pero ninguno, absolutamente ninguno, se compara con el regalo supremo que Dios le ha dado al mundo. En esta Semana Santa, cuando la iglesia detiene su mirada sobre la cruz y el sepulcro vacío, estamos contemplando precisamente ese regalo, ¡el amor sin igual de Dios revelado en Jesucristo su Hijo!
Juan 3:16 es quizás el versículo más conocido de toda la Escritura, y sin embargo, cada vez que lo leemos con atención, nos vuelve a sorprender. Quisiera que en estas páginas camináramos juntos a través de cuatro verdades que este texto nos revela: el origen del regalo, su expresión, su invitación y su resultado.
El origen del regalo; el corazón de Dios
“Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
Lo primero que nos sorprende de Juan 3:16 es de dónde viene todo. Este regalo llamado amor sin igual no nace del mérito humano ni de la bondad que nosotros pudiéramos acumular. Nace del corazón del Padre. Fue su iniciativa, su plan eterno, su deseo de reconciliarnos consigo mismo.
Juan nos recuerda en su primera carta que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). No dice simplemente que Dios ama, sino que el amor es su naturaleza misma. Y eso lo cambia todo. Porque no hay nada tan bueno que pudiéramos hacer para estimular en Dios y que así Él me ame, y tampoco hay nada tan malo que yo haga para que ese amor se diluya o se agote.
Hay algo más que nos detiene: la amplitud de ese amor. “Amó al mundo.” No amó a los perfectos ni a los religiosos ni a los que habían cumplido suficientes requisitos. Amó al mundo, con todo lo que esa palabra implica. Es un amor que sorprende y que, en cierto sentido, escandaliza. Ama a justos e injustos por igual.
En Semana Santa esto cobra una dimensión particular. Cuando vemos a Jesús en el Getsemaní, cuando lo vemos cargando la cruz hacia el Calvario, estamos viendo el corazón de Dios en movimiento. No es una reacción impulsiva ni un gesto espontáneo: es la expresión de un amor eterno que ya nos tenía en mente antes de la fundación del mundo.
Como iglesia, este origen del amor de Dios nos interpela directamente. No estamos llamados a amar solo al que lo merece, sino al que lo necesita. Y la verdad es que todos, sin excepción, necesitamos el amor de Dios.
La expresión del regalo; el Hijo dado y entregado
“que ha dado a su Hijo unigénito…”
Este amor no se quedó en palabras. Dios no escribió una carta ni envió un mensajero. Entregó a su Hijo.
Y aquí la Escritura usa una palabra que debemos detenernos a contemplar: UNIGÉNITO. Único, irrepetible, Dios hecho carne.
Jesús no fue prestado por un tiempo. No fue cedido temporalmente al mundo mientras Dios esperaba ansioso su regreso. Fue dado, entregado, ofrecido. Y si en la Semana de Pasión contemplamos la cruz, estamos contemplando precisamente el peso de esa entrega. El Viernes Santo no es un día de derrota. Es el día en que el amor de Dios alcanzó su más alta y costosa expresión. La cruz no es el fracaso del plan, es el cumplimiento glorioso de él.
La exclusividad de Cristo para la salvación no es una postura arrogante de la iglesia: es la consecuencia lógica de lo que Dios hizo.
La invitación del regalo; ¡creer en Él!
“…para que todo aquel que en Él cree…”
Todo regalo tiene una invitación. Y este no es la excepción. La invitación es creer.
Pero creer, en el lenguaje bíblico, no es simplemente conocer unos datos o asentir mentalmente a unas verdades. Creer es confiar, recibir, descansar. Es abandonarse en Cristo como el único fundamento de nuestra paz con Dios.
Un regalo no recibido no cumple su propósito. Puede ser el más bello y costoso de todos, pero si permanece sin ser tomado, no transforma nada.
La expresión “todo aquel” es una de las más hermosas de toda la Escritura. Elimina barreras. No pregunta por el pasado, no revisa el expediente, no evalúa la condición moral. “Todo aquel” incluye al que carga con una historia difícil, al que ha fallado repetidamente, al que siente que ya es demasiado tarde.
Semana Santa es, precisamente, el momento en que la iglesia renueva su convicción de que este versículo incluye tu nombre, incluye tu historia, incluye tu vida.
La invitación está abierta. La pregunta es ¿Sí queremos recibirlo?
El resultado del regalo. ¡vida eterna!
“…no se pierda, más tenga vida eterna.”
Cuando el regalo es recibido, ocurre algo glorioso.
Juan no describe la vida eterna como un destino lejano que aguardamos pasivamente. La vida eterna comienza ahora. Es una nueva calidad de vida, una comunión real y presente con Dios que la muerte no podrá interrumpir.
El texto nos presenta dos destinos con absoluta claridad: sin Cristo hay perdición; con Cristo hay salvación. Pero la vida eterna no es únicamente el escape de la condenación. Es la adopción en la familia de Dios. Es pertenecer, definitiva e irrevocablemente, al Padre que amó al mundo de tal manera.
La resurrección, que la iglesia celebra con gozo cada Semana Santa, es precisamente la garantía de ese resultado. Cristo resucitado es la prueba de que la vida vence a la muerte, de que el regalo de Dios no fue en vano, de que la vida eterna no es un sueño sino una realidad inaugurada.
Querido lector, Juan 3:16 es el evangelio en una sola frase. ¡El corazón de Dios, la cruz de Cristo!
En esta Semana Santa, la invitación es triple:
Agradecer con profundidad el regalo del amor de Dios.
Vivir de tal manera que ese amor se refleje en cómo tratamos a quienes nos rodean.
E invitar a otros a recibir lo que nosotros hemos recibido.
Porque este regalo llamado amor sin igual sigue siendo ofrecido hoy, con la misma generosidad y gracia con que fue entregado en una cruz, hace más de dos mil años.
¡A Dios sea la gloria por siempre!



